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Guerra de la información 

Por Demí Félix Domínguez 

Vivimos en un tiempo donde el conocimiento riguroso y el debate razonado parecen haber cedido terreno frente a lo superficial. Como advierte Gregorio Montero, en su artículo La posverdad: cuando la manipulación y la mentira se hacen regla, la banalidad ha tomado la conversación pública y ha convertido a la democracia —y a las instituciones que la sostienen— en caricaturas. La creatividad, en lugar de impulsar pensamiento crítico, se orienta al engaño, a la manipulación emocional y al linchamiento del contrario. Así se configura una ciudadanía predispuesta al odio y cada vez menos capaz de reflexionar.

Montero señala que la posverdad no irrumpe sola ni es responsabilidad exclusiva de quienes la utilizan como arma. Surge de un verdadero laboratorio político y social que crea narrativas diseñadas para activar emociones extremas. En ese terreno, la información distorsionada se presenta como verdad y las personas buscan únicamente aquello que confirma sus creencias, incluso si contradice la evidencia más sólida. Esta lógica, lejos de fortalecer la vida democrática, libera lo más destructivo de la condición humana.

Nassef Perdomo, en su artículo Foro Público, coincide en que el espacio público se ha ido deteriorando. Señala que el ataque personal no es una novedad, pero sí un recurso cada vez más visible. El insulto —dice— funciona como un atajo: no requiere preparación, ni ideas, ni talento, y aun así siempre encuentra público dispuesto. Este fenómeno no distingue ideologías; en todos los sectores hay quienes creen proyectar seriedad únicamente cuando denigran a otros.

Hoy esa lógica se ha intensificado. El impulso por atacar supera la disposición a pensar, y el desacuerdo se paga con furia. Con el sarcasmo que le caracteriza, Perdomo resume esta práctica en una frase: El insulto vale, siempre que vaya dirigido a quienes no nos gustan. Mientras no asumamos esta realidad, advierte, seguiremos reproduciendo una fórmula que empobrece el debate y erosiona el tejido social.

Esta lógica de manipulación tampoco es ajena al mundo de la Inteligencia. Lo que allí se conoce como information warfare alude a tácticas para intervenir información que un objetivo considera confiable, sin que este lo advierta, con el fin de inducirlo a tomar decisiones contrarias a su propio interés, pero favorables a quien dirige la operación. Es el arte —sofisticado y silencioso— de conducir al adversario hacia un error calculado.

El documental Spycraft muestra cómo, incluso en guerras convencionales, cada acción física solía ir acompañada de una operación informativa: cortar comunicaciones, emitir mensajes falsos desde radios capturados o manipular señales para confundir al enemigo. Muchas veces el objetivo no era solo afectar infraestructura, sino afectar percepciones.

Hoy estas prácticas se han perfeccionado. Los servicios de inteligencia emplean desde malware que altera datos hasta líderes de opinión diseñados para promover agendas ocultas. La meta es moldear percepciones y lograr que una persona, una institución o un gobierno actúe según intereses ajenos creyendo que la decisión es propia. Es manipulación estructurada, diseñada para ser invisible.

Lo más interesante de la guerra informacional es que pasa inadvertida. Puede desplegarse a través de rumores, documentos filtrados, saturación de redes, expertos ficticios, señales intervenidas o silencios estratégicos. Todo ello ocurre en un entorno dominado por la velocidad, donde el análisis y la verificación queda relegado. El resultado es siempre el mismo: inducir al objetivo a un error que, desde su perspectiva, parece una conclusión razonable.

En esta batalla silenciosa, no es la verdad lo que prevalece, sino la percepción que logra instalarse. Por eso, Sun Tzu tiene más vigencia que nunca cuando afirma “Solo quien se ha familiarizado profundamente con los males de la guerra puede entender a fondo la forma más beneficiosa de sobrellevarla”. Hoy, ese entendimiento significa reconocer que la información puede herir tanto como cualquier arma, y que proteger la verdad es un acto de defensa colectiva.