La palabra “corrupción”, proveniente del latín corruptio, significa literalmente “unirse para quebrantar”. No alude solo al daño, sino a la alianza que lo hace posible: una fractura deliberada —a veces silenciosa, a veces descarada— donde dos o más voluntades se confabulan para torcer el curso natural de las cosas. Pocas etimologías condensan con tanta exactitud la esencia de este fenómeno: la decisión conjunta de estropear o romper. En este 9 de diciembre, Día Internacional contra la Corrupción, conviene detenernos a realizar algunas reflexiones.
El proceso de inscripción de candidaturas constituye una de las etapas más importantes en la organización de las elecciones, ya que en él se define formalmente quiénes podrán participar en la contienda. Resulta especialmente significativa si se tiene en cuenta que la razón de ser de las organizaciones políticas es el ejercicio del poder público, el cual, en los regímenes democráticos, se alcanza a través de elecciones periódicas, libres y competitivas. Las elecciones se ganan con votos, y esos votos se agencian a través de las candidaturas que presentan las organizaciones políticas. Sin candidaturas, no hay competencia; y sin competencia, no hay posibilidad de acceder al poder.

