Vivimos en un tiempo donde el conocimiento riguroso y el debate razonado parecen haber cedido terreno frente a lo superficial. Como advierte Gregorio Montero, en su artículo La posverdad: cuando la manipulación y la mentira se hacen regla, la banalidad ha tomado la conversación pública y ha convertido a la democracia —y a las instituciones que la sostienen— en caricaturas. La creatividad, en lugar de impulsar pensamiento crítico, se orienta al engaño, a la manipulación emocional y al linchamiento del contrario. Así se configura una ciudadanía predispuesta al odio y cada vez menos capaz de reflexionar.
En la pasada evaluación de jueces de la Suprema Corte de Justicia (SCJ), el magistrado de la Tercera Sala, Moisés Ferrer, planteó la idea de crear una Cuarta Sala en esa Alta Corte dedicada exclusivamente a conocer los casos de la materia contencioso-administrativa. Su comentario encendió un interesante debate en la comunidad jurídica, tanto así que en el Senado de la República ya se introdujo un proyecto de ley para modificar la Ley núm. 25-91 de la SCJ y hacer realidad esa nueva sala.

